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Rinjani: Una aventura en el techo de Lombok

  • Foto del escritor: JAVI.EXPLORA
    JAVI.EXPLORA
  • 4 dic 2024
  • 8 Min. de lectura

Actualizado: 10 dic 2024

Uno de los principales motivos por los que decidí desembarcar en la isla de Lombok tenía que ver con la idea que rondaba en mi cabeza de ascender el monte Rinjani, el cual alberga en su cima el segundo volcán activo más alto de Indonesia. Transcurrí unas semanas tranquilo al sur de la isla, disfrutando en Kuta entre hermosas playas de arena blanquecina y sabrosos zumos de fruta. Todos los días sopesaba en algún momento de la jornada sobre dirigirme hacia el norte de la isla y plantarle cara al sagrado volcán, pero la dificultad de la expedición y la falta de medios me hacían descartar una y otra vez el proyecto. Otro de los factores que influían en esta divagación era que me encontraba viajando con mi pareja, completamente ajena a todas mis inquietudes expedicionarias y demenciales aventuras, por lo que el simple hecho de arrebatarle sus dulces vacaciones de playas paradisíacas por las escarpadas paredes del volcán ya suponía una más que loable misión.


Sin embargo, tras un debate interno, decidí renunciar a la contingencia de mi deseo y le propuse la hazaña a mi pareja, quien, después de una ardua negociación, terminó aceptando el desafío, no sin antes asegurarse que tras la expedición al volcán pasaríamos unos días en Gili Trawangan, una enana e idílica isla de Indonesia donde no hay volcanes, montañas, ni ningún otro atractivo más que el pasar infinitas horas tumbados en la playa. Dispuesto todo para dejar atrás la costa y adentrarnos en el interior de la isla, convenimos dirigirnos a unas cascadas situadas en la zona central de Lombok para aclimatar nuestros cuerpos a la densidad de la jungla y así evaluar sensaciones iniciales de cara al reto al que nos enfrentábamos.


Cuando llegamos al espacio donde se iniciaba la ruta hacia las cascadas, los locales habían cortado la entrada con una barrera e improvisaron un “centro de información”. Esto no era más que un desdeñado escritorio de madera donde debíamos pagar una entrada para acceder al lugar. Obviamente, el “centro de información” no estaba regulado de ninguna forma por el gobierno o autoridades locales, pues había sido una apropiación de los ciudadanos para obtener un beneficio económico.  Para no discutir, y también porque el precio del ticket era insignificante, decidimos pagar y no crear problemas. Al acceder al recinto, encontramos varios warungs (restaurantes locales) con muy pocos comensales, siendo la presencia de turistas extranjeros casi inexistente entre los allí presentes.


Pasando la zona de warungs, el sendero se adentraba en la selva; la ruta en sí era bastante sencilla y llevadera, exceptuando por la pegajosidad de la humedad y el calor. El único inconveniente que encontramos durante la caminata fue un grupo de monos que se interpuso brevemente en nuestro camino, pero a diferencia de los monos balineses, los de Lombok son más pacíficos y huidizos. En un recorrido de no más de dos horas vimos cuatro cascadas, el torrente de agua caía desde bastante alto, aunque el caudal que llevaban no era demasiado excesivo, por lo que la cortina de lluvia no era muy amplia. Finalizado el trayecto sin ningún tipo de contratiempo (exceptuando por la familia de simios mencionados anteriormente), volvimos a la zona inicial y nos sentamos a comer en uno de los warungs deshabitados. Ordené una receta local de pollo frito que no pude más que olfatear, pues el pobre animal que murió en vano estaba envuelto en una salsa extremadamente picante, insoportable para mi paladar. En ese momento, mientras mi lengua ardía y bebía grandes buches de agua para paliar el sufrimiento, aparecieron en la zona dos todoterrenos de alta gama con los cristales tintados.


Del primero de los vehículos se bajó un séquito de seguridad que perimetró la zona varios metros, apartando a la poca gente que había e incluso despejando una mesa del local. Viendo tal despliegue, supuse que la persona que se encontraba en el interior del vehículo debía de ser importante, e intuí que podía tratarse de un gobernante local o un relevante empresario, pero al ver al tipo que se bajó finalmente del todoterreno, saltaba a la vista que se trataba de un personaje de la mafia. El hombre, de mediana edad, iba vestido con una camisa llamativa, engominado con el pelo hacia atrás y con unas gafas de sol estilo aviator,  le acompañaba una mujer de rasgos locales, sin velo y en un ceñido vestido -no podemos olvidar que Indonesia es un país musulmán y, aunque puede ser considerado un país más permisivo respecto a otros países musulmanes, no deja de ser significativo que una mujer local vista de esta forma- y un chico más joven que supongo que se trataba de su hijo. El hombre, al bajarse del vehículo, escupió a un perro callejero que se acercó a curiosear y le propinó una patada. Después de esta nauseabunda presentación, se sentó a comer con su familia justo en la mesa que se situaba a nuestro lado y, al poco tiempo, decidimos marcharnos, pues las miradas altivas del séquito de seguridad nos explicaron perfectamente que nuestra presencia allí sobraba. Tras este evento, y superada la prueba de aclimatación sin mayor dificultad, nos dirigimos hacia la primera parada de nuestra expedición al volcán, en el poblado de Sembalun, donde pasamos una noche y conocimos a los guías, dos chicos veinteañeros. Estos nos explicaron la programación y la ruta a seguir durante los tres próximos días de excursión.


Sembalun es un poblado que se encuentra en la falda de la montaña, por lo que el ambiente era mucho más frío respecto al sur de la isla. La temperatura era uno de nuestros principales inconvenientes, ya que nuestro equipaje estaba compuesto con vestimentas veraniegas y no estábamos equipados con material de montaña, por lo que tuvimos que alquilar algo de ropa abrigada en un hostal del poblado; lo único que pudieron prestarnos fue un chaquetón de cuando el hombre llegó a la luna, un pantalón de algodón y unos zapatos de montaña con varios agujeros. Más tarde, me di cuenta que no cerciorarme en adquirir un equipo más adecuado fue un completo error.


Al día siguiente nos recogió una camioneta de carga que nos acercó hasta el punto de partida. Uno de los detalles que más me fascinó fue la fuerza que poseen los lugareños que trabajan en la montaña como portadores, profesión que consiste en cargar con el peso de la comida, tiendas de campaña y los demás aprovisionamientos necesarios; son como los famosos y conocidos “sherpas” del Everest. Estos portadores, para cargar con todo el equipaje, utilizan dos cestos de mimbre que cuelgan de los extremos de un tronco de bambú, manteniendo así el equilibrio del peso. Respecto a la vestimenta la mayoría van sin camiseta y en chanclas, o incluso, descalzos. Según la información que me proporcionó uno de los guías, el peso de estas cestas rondan los cuarenta kilos y tampoco es extraño ver por los costados del sendero a alguno de ellos cayendo desplomados para descansar durante unos minutos, sobre todo los que son más ancianos, aunque lo habitual es ver jóvenes en un buen estado físico. 


Mientras observaba con admiración a estos portadores, no me estaba percatando que ascendíamos con rapidez, y mientras la niebla se adentraba en el paisaje lentamente, vimos algunas vacas balinesas. Tras algo más de cinco horas de caminata, una parada para almorzar y algunos descansos escuetos en los puntos de avituallamiento, llegamos a la cresta de la montaña, donde se encontraba el primer campamento base a dos mil seiscientos metros de altitud y desde donde haríamos el asalto final a la cima del Rinjani. Cuando llegamos estábamos exhaustos, por lo que sacamos varias fotografías del sobrecogedor atardecer, cenamos rápidamente un arroz frito mientras los portadores montaban la tienda de campaña y, en cuánto estos terminaron la tarea, nos fuimos al saco, puesto que además de estar muy cansados, lo más adecuado era dormir cuanto antes, ya que debíamos despertar a las dos de la mañana para proseguir con el ascenso y así llegar al amanecer al techo de Lombok.


El guía nos despertó a la hora acordada para comenzar el nuevo día -si es que existía diferencia con el día anterior, pues qué raro se siente comenzar una jornada a las dos de la mañana-. Cuando desperté, tenía todos los músculos del cuerpo doloridos y un sueño demoledor, ya que el saco de dormir era muy fino y sin acolchado, por lo que sentí sobre mi espalda todas las piedras que había en el suelo, además de la humedad que desprendía la tierra. Realmente estaba magullado, pero la emoción por llegar a la cima del Rinjani obnubilada mis molestias físicas y la fatiga del sueño, y en su lugar se desprendía en mi pecho un ardor ambicioso que se presenta cuando se es consciente del sentimiento casi físico de ser una persona sagaz, de estar intencionadamente viviendo y desafiando los límites. 


Nos equipamos con linternas frontales para iluminar en la incertidumbre del camino y nos pusimos las maltratadas vestimentas para aguantar, en la medida de lo posible, el frío entumecedor. La primera parte de este tramo fue, sin duda, la más complicada, pues las pendientes eran infernales y el terreno estaba compuesto por una arena volcánica nada consistente que nos hacía retroceder más que avanzar, lo que hacía que progresáramos muy lento debido a la elevación del camino e incluso que tuviésemos que escalar en algunos tramos. Otro factor importante fue que no llevábamos bastones, por lo que todo el peso recaía sobre nuestras piernas que comenzaban a resentirse del arduo desafío. La fatiga apareció fulgurantemente y cada pocos metros mi pareja hacía ademanes de vomitar, sintiéndose débil y sin fuerzas para proseguir. Uno de los mayores problemas que puedes encontrar en la montaña es la altitud; al no estar acostumbrada a caminar esforzadamente a tanta altura, comenzó a sentir esa especie de náuseas ebrias que acechan por la falta de oxígeno. Aun así, aunque marchábamos con lentitud, podía observar como su tenacidad la obligaba a seguir dando pasos cortos y sufridos, su cuerpo vacío seguía marchando como una máquina sin combustible, dejándose llevar por la inercia de la situación. Justo cuando el frío comenzó a ser letal y arrollador, la cremallera del envejecido chaquetón que alquilé en el hostal saltó por los aires, perdiéndose en la absorbente tierra volcánica y causando que el aire cada vez más gélido entrase por las rendijas del abrigo, helándome la espina dorsal y congelando mis costillas. Las manos también se me estaban comenzando a congelar, por lo que tuve que acudir a una pareja de calcetines sucios que llevaba en la mochila y utilizarlos como guantes para así paliar el entumecimiento.


Estábamos a escasos quinientos metros de la cresta; las fuertes ráfagas de viento nos hacía tambalear y parecer equilibristas sobre la cresta de la montaña, el sol asomó por el oeste brindando al paisaje un tono oxidado, dando la sensación de que nos encontrábamos en otro planeta, lejos de cualquier indicio de presencia humana, un lugar donde la mano mundana no había tocado. Paré bruscamente, hincando mis talones sobre el suelo para cimentar y mirar durante unos segundos a mi alrededor; el silbido del viento tapaba mis oídos y solo escuchaba los latidos acelerados de mi corazón, no escuchaba ni mis propias palabras, ni siquiera mis pensamientos y, aunque busqué dentro de mí, muy dentro de mí, no encontré nada. Incluso buscando donde sólo se puede buscar cuando tu alma está en lugares remotos.


En ese instante, cuando estábamos a punto de tocar con las manos un trozo del cielo, le di la espalda a la cumbre. Acto seguido, mi pareja se desplomó exhausta sobre mis brazos y comenzamos a descender lentamente, guiados por la inercia de la pendiente. Descendimos abrazados, dejando atrás lo inhóspito, hacia nuestro mundo, hacia el lugar de pertenencia del ser humano, donde se es verdaderamente útil. Regresamos más fuertes y unidos al calor de la humanidad, más resistentes a la intemperie, pues aunque no habíamos conquistado la cima del Rinjani, sí habíamos conquistado la verdadera cima de nuestro espíritu. Allí, en lo más alto de nosotros mismos, descubrimos que no hay mayor victoria que la que se alcanza juntos.


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