La pagoda de los sabios
- JAVI.EXPLORA

- 4 dic 2024
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Debido a la acción del agua a lo largo de millones de años, el escenario comprende un cuadro de montañas, cuevas y valles sumergidos, colinas escarpadas que emergen de arrozales y ríos; los impresionantes karts de piedra caliza se imponen solemnemente ante el insignificante tamaño del vehículo. Para llegar hasta el lugar, hay que remar río arriba, en una balsa de madera tripulada por un anciano pescador local, que exceptuando a los grandes sabios y eruditos, es el único que sabe la ubicación exacta de este lugar secreto. Su labor es una herencia familiar adquirida a lo largo de los siglos, tratándose de un desempeño igual al de Caronte, pero en este caso, para llevar a los magnánimos ilustrados hasta su lugar de culto.
Tras un par de horas de incesante remo, el río atraviesa una cueva sumergida repleta de minerales preciosos que, con el reflejo de la luz, forman un crisol de llamativos colores; los destellos verdes neón y violeta sobrevuelan las cabezas, ocupando en su totalidad el irregular techo de la cueva. Tras varios kilómetros sumergidos en la angostura, la tenue luz al final del corredor advierte del final de la gruta. A medida que te aproximas, la luz del día comienza a deslumbrar, provocando por instantes una leve ceguera; luego de recuperar la visión se puede contemplar el imponente espacio. Las altas y escarpadas montañas rodean un pequeño lago en el cual se ubica, justo en medio de este, un pequeño islote donde se erige una regia y solemne pagoda, compuesta de trece plantas y con tejas bañadas en oro; la magnitud de los altos karts la hacen minúscula, dejándola resguardada y excluida del resto del mundo. Esta remota y aislada ubicación no es casual, pues los primeros sabios de la historia se obcecaron en establecer el monasterio alejado de la cotidianidad de la sociedad, pues para ellos cultivar el conocimiento es la única labor importante a realizar por el ser humano y no puede ser corrompida por ningún factor ni condición externa. Por esta razón, se decidió construir una pagoda en una localización secreta para la reunión y convivencia de los mayores sabios e intelectuales que habitan el planeta.
La vida diaria en la pagoda de los sabios se centra en la lectura y el ejercicio de la reflexión. Aquí viven once meses al año recluidos voluntariamente y el último mes de cada año lo destinan para estar con sus familias o amigos, aunque muchos de ellos eligen este periodo para visitar y viajar a otros países, conocer diferentes culturas o verificar lo aprendido en los textos. Desde primera hora de la mañana, los intelectuales comienzan con el estudio exhaustivo de cientos de libros y redacciones sobre los considerados saberes universales; estos libros, escritos por los mayores eruditos de la historia, son traídos desde todos los rincones del planeta y se almacenan en la última planta de la pagoda, donde según la tradición, se debe preservar la reliquia más valiosa poseída por el hombre, el conocimiento. En la pagoda de los sabios, se guarda culto a la obra del autor independientemente de su origen, sin importar su religión, ideas o convicciones, pues se valora el arte y la sapiencia por encima de los demás asuntos. Por esta razón, los sabios comprenden y observan todas las posiciones morales del ser humano y solo se dedican al análisis, sin juzgar ni criticar estos textos, ya que solo reflexionan para alimentar el insaciable hambre del saber. La última semana de cada mes, se reúnen todas las noches en la duodécima planta de la pagoda para debatir sobre las últimas lecturas realizadas; todos los sabios ocupan en una habitación circular unos grandes sillones de bambú y discuten ideas hasta que los primeros claros del alba asoman por los rincones de la sala.
Otro de los ejercicios practicado por los sabios es el arte de la escritura; los sabios emplean varias horas diarias para escribir y redactar sus pensamientos e ideas. Las salas de escritura ocupan de la quinta a la décima planta de la pagoda; los sabios disponen de un escritorio privado para cada uno de ellos. Además, es obligatorio guardar riguroso silencio para no molestar la inspiración de los demás ni importunar su trabajo. La obra escrita por un sabio también es interpretada por sus compañeros y entra en el circuito de debate para retroalimentar el texto con diferentes visiones.
La pagoda está rodeada de espaciosos jardines donde los sabios caminan y practican el esparcimiento cuando se sienten saturados o simplemente, necesitan descansar de sus labores. A lo largo de estos jardines, se encuentran también dispuestos en hileras a los lados de los estrechos senderos que cruzan estos vergeles las tumbas de los sabios fallecidos. Las lápidas de estas tumbas están esculpidas en mármol y representan una tortuga sobre la que posa un epitafio que dicta quién es la persona, año de nacimiento y defunción, y una escueta frase relacionada con la obra o pensamiento del difunto. En la tradición de esta ilustre entidad, las tortugas simbolizan la sabiduría, la longevidad, la paciencia y el equilibrio, representando así las cualidades de calma y reflexión que desprende el aura de los intelectuales.
A lo largo de los siglos, este oasis de sapiencia y conocimiento ha preservado su identidad, siendo excluyente y seleccionando solo a unos pocos elegidos con capacidades diferentes al resto. Ser un sabio no es una profesión o un trabajo, es una llamada intrínseca; un camino místico hacia la sapiencia. Las emociones internas de estas personas son encapsuladas y depositadas en lugares lejanos del alma, pues todos los sentidos están acaparados por la curiosidad. Son capaces de renunciar a un futuro colectivo, a una vida sociable por retirarse a un lugar secreto e inhóspito y aplacar el indomable deseo del aprendizaje. Sacrifican la libertad, posesión más valiosa del ser humano, para dejar de existir en un mundo repleto de ordinariez y nihilismo, acusado de superficialidad, y así emprender un viaje interno hacia un lugar lúcido y clarividente cada vez más ajeno a nuestra especie.

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