Sapa: El latido verde de Vietnam
- JAVI.EXPLORA

- 4 dic 2024
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 23 sept 2025
Viajo desde Hanoi a Sapa, una pequeña ciudad al norte de Vietnam. Mi intención es conocer las diferentes etnias que se resguardan en pequeñas aldeas ubicadas en las montañas, donde los arrozales y los bosques de bambú inundan el paisaje. Un taxi me recoge en el centro de la ciudad para emprender el camino dirección a Ta Phin . Al salir de la localidad, las carreteras dejan de estar asfaltadas y el trayecto se transforma en caminos rurales donde se cruzan búfalos y riachuelos. A unos catorce kilómetros alejados de Sapa, el taxista decide abandonarme en mitad de la nada, pues el camino se ha vuelto intransitable, debido a la estrechez del mismo, para su Toyota Fortuner. Continuo andando por el sendero y un local me recoge en su motocicleta.
Cuando llego a la aldea, me recibe May, la campesina que va a hospedarme en su cabaña; se encuentra encendiendo un fuego para cocinar un cerdo que acaba de sacrificar. La aldea pertenece a un par de familias Red Dao, una etnia que se diferencia de las otras principalmente por el pañuelo rojo que llevan en su cabeza y por las vestimentas, tejidas a mano por las mujeres de las familias. En estas montañas también conviven amistosamente otras etnias, como los Hmong o los Tay. Mayoritariamente, en estas comunidades los hombres se dedican al ganado y a la agricultura, principalmente al cultivo del arroz; las mujeres son las encargadas de la crianza de los niños, el cuidado de la casa y de atender a los viajeros intrépidos que deambulan por estas colinas. Algunas de estas mujeres han aprendido un poco de inglés y pueden comunicarse con los foráneos para ofrecer sus artesanías y tejidos. Además, son expertas en la medicina a base de hierbas, conocimiento que han heredado de sus madres y guardan como un valioso secreto. May me enseña cuál será mi habitación, una cabaña de madera decorada artesanalmente al estilo asiático, bastante acogedora y con un par de lámparas cálidas. Inmediatamente, agotado por el largo viaje para llegar hasta aquí, caigo rendido sobre el duro colchón y entro en un profundo sueño.
El día amanece gris; cae una leve llovizna y la espesa niebla opaca el paisaje; el olor húmedo de los bancales de arroz y de la espesa vegetación impregna la habitación. Los gallos hacen su canto y los búfalos pastan sobre las extensiones de arroz, los caminos serpenteantes de tierra rojiza se han convertido en barrizales. Me dirijo al diáfano comedor de la cabaña principal. May ha colocado un par de tazas de té en una mesa baja. Mientras desperezo mis sentidos a sorbos, en mi mente ya comienza la ascensión hacia los empinados arrozales y tupidos bosques de bambú. Absorto en mi pensamientos, aparece en la cocina un hombre occidental, de pelo rubio. Por las arrugas de su cara, se averigua que es anciano, pero su soltura al caminar advierte que posee buena vitalidad.
Su nombre es Tim y, aunque nació en Gran Bretaña, con solo dos años su familia se trasladó a Australia. Le gusta viajar a sitios remotos, por lo que es entendible que se encuentre aquí. En el año 2020 viajó a esta aldea para hospedarse, al igual que estoy haciendo, en la cabaña de May. Entonces irrumpió el covid-19, por lo que decidió quedarse en este paraje inhóspito durante la pandemia. Desde entonces, hace vida entre campesinos y familias Red Dao. Me cuenta que durante nueve meses estuvo viviendo en las calles de Nueva Delhi; viajaba por la India con su mujer cuando esta lo dejó abandonado por un hombre nativo que allí mismo conoció. Su mujer desapareció con toda su documentación, tarjetas de crédito y dinero en efectivo, por lo que se quedó, literalmente, sin nada. También tuvo un problema en la embajada australiana y no le reconocían como ciudadano de su país, por lo que estuvo durante un tiempo viviendo en la calle hasta que pudo solucionar el problema y ser extraditado.
Aparece por la misma puerta una mujer Red Dao, la que será mi guía para la expedición. Era bastante baja -como casi todas las mujeres asiáticas-, portaba su significativo pañuelo rojo y su vestimenta negra y amarilla. Tiene las cejas tatuadas de negro para suplantar la falta de vello en ellas. Aunque su pronunciación no es buena, tiene bastante soltura para hablar inglés, además de bastante desparpajo. Lo primero que hace es llevarme a su cabaña para venderme alguna de sus confecciones; no me queda más remedio que comprar algo para comenzar de una vez por todas la expedición. Durante el primer kilómetro, nos acompaña su nuera, la cual lleva a su hijo, de apenas diez meses de edad, en la espalda, atado con unas sábanas. El pequeño Red Dao me observa atentamente, con la boca abierta, asombrado de mi presencia, pues probablemente sea la primera persona con rasgos occidentales que está viendo en su vida. En estas comunidades, cuando un noviazgo se promete en matrimonio, entran en un periodo de prueba para ser aceptados por la familia de la pareja; la mujer se marcha a vivir durante un tiempo a la casa de la familia del hombre y el hombre se marcha con la familia de la mujer. Esto lo hacen para asegurarse de que la pareja de su hijo/a es una persona benévola, trabajadora y educada. Además, es habitual que se casen y tengan hijos a una edad muy temprana.
El sendero comienza a volverse angosto y empinado, la vegetación es densa y solo se escucha el murmullo del agua deslizándose entre los bancales de arroz. El rumor de las aves que aquí confluyen me hacen advertir la gran biodiversidad que posee este hábitat, pero la abundante vegetación apenas me permite vislumbrar algunos alados que ni siquiera consigo identificar. Cada pocos metros, mi guía, que posee un nombre ininteligible y que bautizo como “madame”, se detiene para explicarme propiedades de plantas y helechos que irrumpen ante nosotros; me señala una planta -indistinguible de las demás-, que dependiendo de si es macho o hembra, puede ser mortal para el ser humano. También me advierte del peligro que suponen las setas, pues si no se diferencian bien unas de otras, pueden ocasionar también la muerte; su padre y su hermana pequeña murió por consumir una seta venenosa y hace poco, ella también ingirió accidentalmente un poco de estas ponzoñosas setas, pero se salvó gracias a una secreta receta natural a base de plantas que su madre le enseñó. Conforme adquirimos altitud, cada vez me cuesta más respirar y me quedo asombrado con la capacidad física de mi guía. A pesar de ir vestida con las telas artesanales y sin ningún equipamiento de montaña, mantiene un ritmo fijo incansable y no muestra signos de fatiga. Le ofrezco varias veces agua de mi cantimplora, pero me la rechaza.
Llegamos a una catarata donde se forma una pequeña poza de agua tibia, donde algunos peces chapotean y esbeltas grullas humedecen sus finas patas. Seguimos ascendiendo y hacemos cumbre tras tres horas de constante ascensión; la humedad es asfixiante y mi ropa está empapada en sudor, a pesar de que el día se mantiene nublado y brumoso. Debido a la condensación del ambiente, los mosquitos me han acribillado las piernas y las tengo repletas de picaduras. Desde lo alto de una gran roca, puedo observar la inmensidad del paraje; los arrozales, a pesar de que ya han sido cosechados, lucen imperiosos dando una identidad propia a las colinas, fragmentando las laderas en cientos de bancales que desgarran la montaña en siluetas curvas y las deja carente de la frondosa vegetación que asoma más arriba, cerca de las cimas. A mi derecha, observo los estragos de un gran desprendimiento que provoca una calvicie en el homogéneo follaje, dejando al descubierto la característica tierra húmeda y rojiza de la zona. La niebla se está desvaneciendo y puedo ver los tejados de chapas, madera y bambú de diminutas granjas esparcidas a lo largo del paisaje; los búfalos se apoderan de los segados arrozales y se reúnen en pequeñas manadas. Descanso durante media hora en una especie de hamaca hecha a base de cañas de bambú y lianas.
Durante el descenso, pasamos por varios poblados y dos mujeres Hmong se unen en nuestra excursión; van cargadas con un cesto lleno de artículos de confección y manualidades para vender a los viajeros. Los niños en estos poblados juegan y se divierten libremente, sin cercados ni ataduras, corren alrededor de mí y me hablan en su lenguaje nativo; les divierte mi presencia. Los barrancos empinados están humedecidos por la llovizna de anoche, por lo que me cuesta unos cuantos resbalones a lo largo de la bajada. Nos adentramos en el copioso bosque de bambú, donde la exuberante cantidad de troncos no permite apenas la entrada de luz y apaga el entorno; en algunos tramos del camino, debo agacharme a la altura de mis compañeras para poder pasar por el boscoso paraje. Las dos mujeres Hmong se marchan por otro sendero, no sin antes pedirme que les compre algo.
De vuelta al poblado Red Dao, me vuelvo a encontrar con el bebé que me acompañó durante el primer tramo; ahora se encuentra dormido en los brazos de su madre. Me acerco lentamente con mi cámara fotográfica para sacar una instantánea de la escena; cuando pulso el interruptor para captar la estampa, el bebé se despierta, abre los ojos, me sonríe tiernamente y vuelve a dormirse con apacible lucidez. No llora ni grita, no se agita al verme de nuevo, no se atemoriza de mis rasgos diferentes, su sonrisa desprende en mí una armonía serena con el lugar, un sentimiento de benevolencia; la amabilidad de su gente y su relación con el entorno me hacen sentir un elemento adicional de este inhóspito paraje, uno más de la familia.
(Fragmento de mi diario de viaje en Vietnam. 10/10/2024)
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